La invasión de los
ultracuerpos
A mediados del pasado mes de agosto se produjo en Madrid un hecho singular, y en cierto modo preocupante. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, comenzaron a aparecer unos seres extraños. Al principio fue de manera casi imperceptible. Eran pequeños grupos que aparecían aquí y allá, y casi no llamaban la atención, confundiéndose con los seres humanos habituales de nuestras calles y plazas, de manera que sólo los muy observadores se percataron entonces. Sin embargo, conforme avanzaba la semana, el fenómeno se hizo cada vez más evidente. Agitando banderas y coreando frases carentes de lógica, su número creció hasta alcanzar categoría de verdadera plaga o invasión. Tal vez no fueran tantos, no sé, pero su manifiesto tropismo por las áreas centrales de la ciudad que normalmente frecuento hacía su presencia más agobiante, causando alarma y desasosiego. No era para menos: cuando se ha visto, como yo, tantas películas de ciencia ficción, uno no puede dejar de pensar. ¿Y si se trata de una invasión en toda regla? ¿Y si buscan dominar el planeta sometiendo a sus habitantes a una brutal esclavitud controlando las mentes a través de sondas rectales? Deambulaban –digo- formando grupos, en los que el grueso de sus componentes parecían ser formas inmaduras, dirigidos con ahínco por especímenes de mayor edad vestidos con atuendos negros cuyo cuello era circunvalado por una estrecha cinta blanca que sólo se dejaba ver en su parte delantera, cubierto el resto por una prolongación del extraño atavío. Debían pertenecer a distintas clases, etnias o tribus, puesto que el agrupamiento se hacía generalmente entre individuos vistiendo un mismo color, salvedad hecha de los que parecían ser los conductores. Sin embargo, su origen último común se evidenciaba en el raro apéndice de tonos vivos que todos llevaban a la espalda, del que no llegué a discernir si formaba parte de su singular anatomía o se trataba de algún tipo de postizo o equipaje: alguien comentó que podría tratarse de una simple mochila, pero la posibilidad de que se fuese un capullo en cuyo interior se formara una crisálida me intranquilizó y no me lo pude quitar de la cabeza. Del pecho pendía un objeto cruciforme plateado en el que se adivinaba, esculpida, la figura suspendida de un hombre muerto, curioso objeto que me dio por pensar que tal vez era lo que les permitía reconocerse entre ellos, y hasta comunicarse, como las hormigas, que como es sabido lo hacen venciendo grandes distancias gracias a la vibración de sus antenas. A lo largo de aquella semana que se me antojó amenazante y larga, la ciudad parecía haber cambiado mientras el ambiente se enrarecía por momentos: edificios oficiales ostentaban carteles con mensajes ininteligibles referentes a seres inexistentes y a una supuesta influencia de estos sobre la condición humana, mientras las hamburgueserías multiplicaban sus infectos menús que los visitantes devoraban con fruición y las tiendas de recuerdos de España hechos en China aparecían repletas de fetiches en los que se repetía un mismo motivo indescifrable. Los invasores sin embargo, reacios sin duda al gasto superfluo, ignoraban en su mayoría la singular mercancía que se amontonaba en los estantes. Por las noches, lejos de dormir seguían pululando por las calles, sólo aparentemente en menor medida que durante el día, y si hemos de creer en algunos testimonios, se escuchaban ruidos y conversaciones atestadas de proposiciones absurdas procedentes de los locales de las escuelas públicas, habitualmente silenciosos en época vacacional, como si estuviesen siendo utilizados como refugio.
Bruscamente, casi al final de la semana,
comenzó a notarse un temblor colectivo. Como si sus receptores colgados del
cuello hubiesen captado algún tipo de señal, los grupos dispersos se fueron
juntando en el centro de la Villa mientras arreciaban sus cánticos y algunos
iniciaban lo que parecían ser danzas ceremoniales que el grueso celebraba con gran
satisfacción. De repente, sobre una tarima de considerables proporciones, surgió
un individuo ataviado con ricos y extravagantes ropajes blancos, acompañado por
una escolta de color negro. Ante la excitación de la multitud que con seguridad
lo identificaba como líder, el individuo inició un ritual en el que se
alternaban frases sin sentido con el murmullo de los asistentes que repetían
maquinalmente las insensateces de aquel. Hembras vestidas de negro de pies a cabeza
pasaban por ser las más exaltadas, en un proceso en el que, según habían ido pasando
los días, las manadas habían aumentado progresivamente su agresividad contra todo
aquello que en su imaginario colectivo entendían que podía disgustar al líder
albo. La policía, como si esperara algún tipo de reacción incontrolada o
temiera ser abducida, se mantenía prudentemente al margen fingiendo no ver lo que
estaba pasando, mientras la población, igualmente atemorizada, prefería
recluirse en sus casas a la salida del trabajo, evitando encuentros cuyas
consecuencias nadie podía prever.
Así pasó poco más de una semana. Los
invasores comenzaron entonces y paulatinamente a desaparecer, y la vida retomó
poco a poco su ritmo habitual, aunque hoy todavía se pueden encontrar vestigios
de su paso por lo que debo incitar a todos a permanecer vigilantes.
Fue en Madrid en agosto de 2011.
Yo sé quien soy. Sé que no lograron contaminarme. Sé que no me he convertido en
uno de ellos. ¿Pero puedo decir lo mismo de los que me rodean? ¿Puedo estar
seguro de vosotros?
