sábado, 1 de octubre de 2011


La invasión de los ultracuerpos


A mediados del pasado mes de agosto se produjo en Madrid un hecho singular, y en cierto modo preocupante. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, comenzaron a aparecer unos seres extraños. Al principio fue de manera casi imperceptible. Eran pequeños grupos que aparecían aquí y allá, y casi no llamaban la atención, confundiéndose con los seres humanos habituales de nuestras calles y plazas, de manera que sólo los muy observadores se percataron entonces. Sin embargo, conforme avanzaba la semana, el fenómeno se hizo cada vez más evidente. Agitando banderas y coreando frases carentes de lógica, su número creció hasta alcanzar categoría de verdadera plaga o invasión. Tal vez no fueran tantos, no sé, pero su manifiesto tropismo por las áreas centrales de la ciudad que normalmente frecuento hacía su presencia más agobiante, causando alarma y desasosiego. No era para menos: cuando se ha visto, como yo, tantas películas de ciencia ficción, uno no puede dejar de pensar. ¿Y si se trata de una invasión en toda regla? ¿Y si buscan dominar el planeta sometiendo a sus habitantes a una brutal esclavitud controlando las mentes a través de sondas rectales? Deambulaban –digo- formando grupos, en los que el grueso de sus componentes parecían ser formas inmaduras, dirigidos con ahínco por especímenes de mayor edad vestidos con atuendos negros cuyo cuello era circunvalado por una estrecha cinta blanca que sólo se dejaba ver en su parte delantera, cubierto el resto por una prolongación del extraño atavío. Debían pertenecer a distintas clases, etnias o tribus, puesto que el agrupamiento se hacía generalmente entre individuos vistiendo un mismo color, salvedad hecha de los que parecían ser los conductores. Sin embargo, su origen último común se evidenciaba en el raro apéndice de tonos vivos que todos llevaban a la espalda, del que no llegué a discernir si formaba parte de su singular anatomía o se trataba de algún tipo de postizo o equipaje: alguien comentó que podría tratarse de una simple mochila, pero la posibilidad de que se fuese un capullo en cuyo interior se formara una crisálida me intranquilizó y no me lo pude quitar de la cabeza. Del pecho pendía un objeto cruciforme plateado en el que se adivinaba, esculpida, la figura suspendida de un hombre muerto, curioso objeto que me dio por pensar que tal vez era lo que les permitía reconocerse entre ellos, y hasta comunicarse, como las hormigas, que como es sabido lo hacen venciendo grandes distancias gracias a la vibración de sus antenas. A lo largo de aquella semana que se me antojó amenazante y larga, la ciudad parecía haber cambiado mientras el ambiente se enrarecía por momentos: edificios oficiales ostentaban carteles con mensajes ininteligibles referentes a seres inexistentes y a una supuesta influencia de estos sobre la condición humana, mientras las hamburgueserías multiplicaban sus infectos menús que los visitantes devoraban con fruición y las tiendas de recuerdos de España hechos en China aparecían repletas de fetiches en los que se repetía un mismo motivo indescifrable. Los invasores sin embargo, reacios sin duda al gasto superfluo, ignoraban en su mayoría la singular mercancía que se amontonaba en los estantes. Por las noches, lejos de dormir seguían pululando por las calles, sólo aparentemente en menor medida que durante el día, y si hemos de creer en algunos testimonios, se escuchaban ruidos y conversaciones atestadas de proposiciones absurdas procedentes de los locales de las escuelas públicas, habitualmente silenciosos en época  vacacional, como si estuviesen siendo utilizados como refugio.

Bruscamente, casi al final de la semana, comenzó a notarse un temblor colectivo. Como si sus receptores colgados del cuello hubiesen captado algún tipo de señal, los grupos dispersos se fueron juntando en el centro de la Villa mientras arreciaban sus cánticos y algunos iniciaban lo que parecían ser danzas ceremoniales que el grueso celebraba con gran satisfacción. De repente, sobre una tarima de considerables proporciones, surgió un individuo ataviado con ricos y extravagantes ropajes blancos, acompañado por una escolta de color negro. Ante la excitación de la multitud que con seguridad lo identificaba como líder, el individuo inició un ritual en el que se alternaban frases sin sentido con el murmullo de los asistentes que repetían maquinalmente las insensateces de aquel. Hembras vestidas de negro de pies a cabeza pasaban por ser las más exaltadas, en un proceso en el que, según habían ido pasando los días, las manadas habían aumentado progresivamente su agresividad contra todo aquello que en su imaginario colectivo entendían que podía disgustar al líder albo. La policía, como si esperara algún tipo de reacción incontrolada o temiera ser abducida, se mantenía prudentemente al margen fingiendo no ver lo que estaba pasando, mientras la población, igualmente atemorizada, prefería recluirse en sus casas a la salida del trabajo, evitando encuentros cuyas consecuencias nadie podía prever.

Invasores en actitud orante
Así pasó poco más de una semana. Los invasores comenzaron entonces y paulatinamente a desaparecer, y la vida retomó poco a poco su ritmo habitual, aunque hoy todavía se pueden encontrar vestigios de su paso por lo que debo incitar a todos a permanecer vigilantes.
Fue en Madrid en agosto de 2011. Yo sé quien soy. Sé que no lograron contaminarme. Sé que no me he convertido en uno de ellos. ¿Pero puedo decir lo mismo de los que me rodean? ¿Puedo estar seguro de vosotros?

martes, 20 de septiembre de 2011


La trampa

Si hay algo que las religiones no soportan es la crítica, no digamos ya el sarcasmo. Bien mirado, lo extraño hubiese sido lo contrario, es decir, que aceptaran con una sonrisa cualquier argumento emitido con el fin de discutir sus afirmaciones. No es así, y la violencia de su respuesta es inversamente proporcional al número de dioses que dicen venerar. A este respecto, en algún momento entraremos en la génesis de las ideas religiosas y de la evolución de las que, habiendo llegado hasta nuestros días, aumentan su hostilidad contra el discrepante a medida que su discurso se vuelve cada día más absurdo y anacrónico. Esa hostilidad adopta múltiples formas, siendo la más brutal -y la que más les gusta- la que acaba con el infiel en la horca o la hoguera. Al fin y al cabo la mejor manera de terminar con la disidencia es acabar con el disidente, lo que acojona y da ejemplo. Éste ha sido tradicionalmente el método empleado por el Cristianismo hasta el que devenir de la historia en el llamado "Occidente cristiano" se lo impidió, y no hace tanto: la última víctima de la Inquisición española fue el maestro de escuela Cayetano Ripoll, que en 1826 (anteayer como quien dice), fue condenado a muerte en Valencia y ejecutado por algún tipo de conflicto entre su persona y los dogmas católicos. La otra gran amorosa religión de nuestros días, el Islam, acusa los tres siglos que separan a Teodosio del Profeta y se mueve todavía por los paradigmas en los que se lapida a las adúlteras, se rebana la mano de los ladrones o se cuelga a los homosexuales, aunque, tal vez por mor de una incipiente modernidad, últimamente emplee métodos de más avanzada tecnología relacionada con las personas o los aviones bomba. Los judíos finalmente, a cuya delirante creencia de ser un pueblo elegido por su dios debemos el surgimiento de los otros dos azotes de la humanidad, reparten su santa intransigencia entre quienes acuchillan al hereje por trabajar en sábado y quienes se limitan a impedir que los que llaman gentiles vivan en un territorio que también es suyo –incluso más suyo- reforzando el fundamentalismo de la otra parte, aunque eso es otra historia.

Callejón sin salida de la iglesia
Las religiones, y especialmente las monoteístas –decía- no conviven bien con la crítica. Reconozcamos que no es fácil tolerar que se cuestione tu particular cosmogonía cuando estás convencido de que posees la verdad más absoluta y de que ésta ha sido revelada por un ser superior que ha escogido a unos cuantos, entre los que te hallas, para gozar con él de una salvación que al resto le será hurtada. Y si hay algo peor que la duda o la crítica amable, es la risa. El cachondeo les produce desasosiego y temor. Los que se creen la superchería de buena fe, porque temen que su falta de diligencia en la lucha contra el impío desate la cólera del dios y les aleje de los Campos Elíseos. Los otros, los que controlan el cotarro, los que conocen el fraude, los que dicen creer y no creen porque no son tontos, porque saben que si el escepticismo se contagia se acaba el chollo. Ante esto exigen respeto, lo que en su particular lenguaje significa que la crítica se convierta en delito. Claman exigiendo respeto los que nunca en la historia lo han tenido por los demás, confundiendo el respeto que en principio se debe a los semejantes con el respeto a las propias ideas o creencias. Esta es, sin embargo, la trampa. Las creencias, las ideas, nunca son respetables porque no tienen más entidad que las que cada uno quiera darles en su imaginario. Cada persona es muy libre de creer en lo que le venga en gana, o de tener las ideas que quiera. De hecho, es difícil prohibir que alguien piense, aunque sea en algo sin sentido, y eso es generalmente uso de su libertad y objeto de respeto. Pero la idea en sí, la creencia, no lo es, porque el mismo derecho tenemos el resto de considerar que las mismas son infundadas o simplemente ridículas, decirlo, y reírnos, y eso no hurta un ápice de la libertad del otro a tenerlas, ni de reírse a su vez de las nuestras y, en el caso de los creyentes, a estar convencidos de que nuestra impiedad nos conducirá irremediablemente a la condenación eterna. Pero es que además la historia de las ideas políticas nos demuestra que existen doctrinas perniciosas en sí mismas. ¿Hay que respetar, en el estricto universo de las ideas, el nacional-socialismo o el racismo, por ejemplo? La respuesta es obvia, pero incluso así no es la teoría perseguible en defensa de la colectividad, sino las consecuencias de su práctica. Los creyentes, sin embargo, intentan por todos los medios blindar sus mitologías ante los embates de la Razón, mientras aplican su doble vara de medir en función del tiempo y lugar en el que se hallen: los católicos romanos que en España parasitan el erario público sin pudor alguno, claman contra las ayudas públicas a la Iglesia Anglicana en el Reino Unido; los musulmanes que en España reclaman igualdad de trato con la superchería católica prohíben o dificultan este culto en los países en los que su corpus dogmático se confunde con la ley. Todos en cambio coinciden en reclamar el peso de la ley –antes llamado brazo secular- contra los que cuestionen sus mitos desde el entendimiento, en Irán en todos los ámbitos y en España a través del Código Penal, cuyo artículo 525 es una vergüenza democrática y un insulto a la inteligencia, por cuanto el creyente se sentirá ofendido por así decirlo de oficio, amparado por el apartado primero, mientras que el apartado segundo, que supuestamente protege a los ateos de la chanza, no es sino una mera figura retórica en un país en el que a los no creyentes no se les ocurre denunciar al prójimo por semejantes chorradas y donde la mayoría de los jueces son, con casi total seguridad, miembros de la secta religiosa más prevalente. En la práctica, la aplicación estricta de este artículo no sería sino una vulneración del espíritu del artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (que sólo condena la incitación al odio por motivos religiosos, lo que suele ser privativo de los creyentes, y si no, a los libros de historia me remito) o del artículo 20 de la Constitución Española  de 1978, aunque en eso intuyo que esos mismos jueces ya encontrarían algún pintoresco sofisma para argumentar lo contrario.

Esta es pues la trampa del respeto, la trampa en la que no debemos caer so pena de contribuir a nuestra propia castración mental y a la de las generaciones venideras, adoctrinadas desde su infancia por las hordas de la fe, sabedoras de que su propia supervivencia como grupo depende de un control que no puede tener éxito cuando el adoctrinamiento se inicia a una edad en la que el sujeto ya alcanza el umbral del razonamiento lógico.

lunes, 12 de septiembre de 2011


Presentación



Chamán Tungus siberiano
(Según Nicolas Witsen, 1705)
Este es un blog rojo y ateo. Lo pone en el título así que no es ningún secreto. Comenzaré diciendo que el orden de los factores es una concesión al orden tradicional empleado por la derecha de este país cuando cree que insulta a los de nuestra clase, empleándose aquí la palabra clase en el sentido de categoría, y es una concesión porque si lo escribiera por orden de importancia sería justamente al revés: ateo y rojo. Sé que a algunos esto les parecerá una chorrada pero es así. Desde los primeros chamanes de la prehistoria hasta los clérigos de las actuales religiones monoteístas, la superchería religiosa ha sido el más brutal y eficaz instrumento de dominación de nuestra especie, sin el cual muy probablemente todo sería de otra manera.  Pero no se trata aquí de hacer historia-ficción, de andar preguntándose qué habría pasado si... De entrada, y contrariamente a los postulados providencialistas, tengo claro que cualquier cambio en el devenir histórico, máxime de un calado como el que planteo, hubiese  derivado en una realidad en la que yo no estaría escribiendo, así que dejemos el tema. Quiero decir simplemente, como en una frase genial que escuché en una película de mi infancia, que si no hubiese perros no habría pulgas, lo que creo que explica la predominancia que le otorgo al término ateo.

Este es además un blog español, es decir, escrito en un país donde los términos medios brillan por su ausencia, y en un país en el que la religión católica ha campado -y campa- a sus anchas, difundiendo sus mitos infumables y perpetuando un atraso agobiante mientras nuestros vecinos del norte hacían la revolución burguesa o la revolución industrial. En España ni una ni otra. El tímido intento de despegue llevado a cabo por la Segunda República fue ahogado por una sublevación militar guiada con saña singular por la mano de la Iglesia Católica llevando al país a cuatro decenios de infame maridaje del trono y el altar, de represión, tortura y genocidio, que hoy la derecha todavía añora como época de extraordinaria placidez, en boca de uno de sus representantes.

Si en cualquier época y lugar, a más influencia religiosa más tendencia al conservadurismo político, en España esto es cierto con creces. Los estudios de población llevados a cabo por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) muestran sistemáticamente la tendencia: a mayor edad, menos formación académica e ideas más conservadoras, más proporción de creyentes. No quiere esto decir que la izquierda toda haya superado las creencias infundadas. Lamentablemente no es así, y es lógico, porque la religión, como los virus, se reproduce de forma insidiosa y cuando se contrae en la infancia, que es lo habitual, la curación es difícil y trabajosa (véase si no los niños recitando el catecismo en cualquier colegio concertado o dándose cabezazos contra el Corán en las madrasas). Simplemente la proporción de ateos y no creyentes se localiza con preferencia en las capas más jóvenes, más ilustradas y de voto progresista.

La buena noticia es que ya superamos la quinta parte de la población. La mala, que no veremos el final de las tres religiones que, derivadas de los mismos mitos originados en la Edad del Bronce, han constituido hasta ahora uno de los mayores azotes de la humanidad. Se extinguirán, seguro, como se extinguieron otros cultos que han sido, sin que sepamos si serán sustituidos por otros, tal vez más salvajes, o por una era de la Razón que hoy no acaba de nacer.

Este blog es, he dicho, también rojo, es decir, de izquierdas. Por las razones expuestas, rojo y ateo son adjetivos que en España con frecuencia son compañeros de viaje, lo que me gusta y reivindico. Tiene también un cierto barniz jacobino que iremos viendo, condición que no conviene confundir con el nacionalismo centralista de nuestra derecha ultramontana. Es un jacobinismo de izquierdas, aunque algunos no lo entiendan, que repudia por igual el nacionalismo central y los periféricos, sabedor de que tras la idea de dios, la de patria es la que más muertos ha causado a lo largo de la historia. Pero no nos confundamos: entre ambos hay una diferencia fundamental, al menos para las generaciones actuales, y esta diferencia es que mientras el nacionalismo central fue el soporte del fascismo, y lo es todavía para vergüenza de todos, los periféricos lo combatieron  y sufrieron su represión y su rabia.

Este blog, como ya he comentado, no hablará más que como recurso retórico puntual de la historia que no ha acontecido. Desde un punto de vista más político, comentará hechos pasados o actuales desde los principios expuestos. Desde el punto de vista de la resistencia contra la bestia religiosa, será más prolífico y expondrá las reflexiones que vayan surgiendo, actuales, o también pasadas. Parafraseando al jerarca católico Ratti, autodenominado Pío XI, en su panfleto Divini Redemptoris cuando se refería al comunismo ateo, toda religión es intrínsecamente perversa. Sin embargo, por razones de cercanía,  peligrosidad y conocimiento, el grueso de los textos se referirá a las tres religiones del libro, a los monoteísmos que, sustituyendo a otros cultos más antiguos y liberales, en el buen sentido de la palabra, inventaron las guerras de religión y han dominando y hecho insufrible nuestro mundo desde el Edicto de Milán y el Concilio de Nicea: el Judaísmo, monolatría inventora de la deidad más malvada y asesina de la historia, que debe su pervivencia a la escisión cristiana; el Cristianismo, intolerante y salvaje como pocos en todas sus múltiples derivaciones; el Islam en fin, hijo tardío de ambos cuya barbarie actualizada salta a la vista en forma de dementes que se autoinmolan pero nunca en solitario como sería lo suyo. Todas ellas, como no, se definen a sí mismas como religiones de amor, respeto y tolerancia, lo que si no fuera por el peligro que tienen, tendría gracia de puro grotesco.