La trampa
Si hay algo que las religiones no
soportan es la crítica, no digamos ya el sarcasmo. Bien mirado, lo extraño
hubiese sido lo contrario, es decir, que aceptaran con una sonrisa cualquier
argumento emitido con el fin de discutir sus afirmaciones. No es así, y la
violencia de su respuesta es inversamente proporcional al número de dioses que
dicen venerar. A este respecto, en algún momento entraremos en la génesis de
las ideas religiosas y de la evolución de las que, habiendo llegado hasta
nuestros días, aumentan su hostilidad contra el discrepante a medida que su
discurso se vuelve cada día más absurdo y anacrónico. Esa hostilidad adopta
múltiples formas, siendo la más brutal -y la que más les gusta- la que acaba
con el infiel en la horca o la hoguera. Al fin y al cabo la mejor manera de
terminar con la disidencia es acabar con el disidente, lo que acojona y da
ejemplo. Éste ha sido tradicionalmente el método empleado por el Cristianismo
hasta el que devenir de la historia en el llamado "Occidente cristiano"
se lo impidió, y no hace tanto: la última víctima de la Inquisición española
fue el maestro de escuela Cayetano Ripoll, que en 1826 (anteayer como quien
dice), fue condenado a muerte en Valencia y ejecutado por algún tipo de
conflicto entre su persona y los dogmas católicos. La otra gran amorosa
religión de nuestros días, el Islam, acusa los tres siglos que separan a
Teodosio del Profeta y se mueve todavía por los paradigmas en los que se lapida
a las adúlteras, se rebana la mano de los ladrones o se cuelga a los
homosexuales, aunque, tal vez por mor de una incipiente modernidad, últimamente
emplee métodos de más avanzada tecnología relacionada con las personas o los
aviones bomba. Los judíos finalmente, a cuya delirante creencia de ser un
pueblo elegido por su dios debemos el surgimiento de los otros dos azotes de la
humanidad, reparten su santa intransigencia entre quienes acuchillan al hereje
por trabajar en sábado y quienes se limitan a impedir que los que llaman gentiles vivan en un territorio que también es suyo –incluso más suyo- reforzando el fundamentalismo
de la otra parte, aunque eso es otra historia.
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| Callejón sin salida de la iglesia |
Las religiones, y especialmente
las monoteístas –decía- no conviven bien con la crítica. Reconozcamos que no es
fácil tolerar que se cuestione tu particular cosmogonía cuando estás convencido
de que posees la verdad más absoluta y de que ésta ha sido revelada por un ser
superior que ha escogido a unos cuantos, entre los que te hallas, para gozar
con él de una salvación que al resto
le será hurtada. Y si hay algo peor que la duda o la crítica amable, es la
risa. El cachondeo les produce desasosiego y temor. Los que se creen la
superchería de buena fe, porque temen
que su falta de diligencia en la lucha contra el impío desate la cólera del
dios y les aleje de los Campos Elíseos.
Los otros, los que controlan el cotarro, los que conocen el fraude, los que
dicen creer y no creen porque no son tontos, porque saben que si el
escepticismo se contagia se acaba el chollo. Ante esto exigen respeto, lo que en su particular
lenguaje significa que la crítica se convierta en delito. Claman exigiendo
respeto los que nunca en la historia lo han tenido por los demás, confundiendo
el respeto que en principio se debe a los semejantes con el respeto a las
propias ideas o creencias. Esta es, sin embargo, la trampa. Las creencias, las ideas, nunca son respetables porque no tienen más entidad que las que cada uno
quiera darles en su imaginario. Cada persona es muy libre de creer en lo que le
venga en gana, o de tener las ideas que quiera. De hecho, es difícil prohibir
que alguien piense, aunque sea en algo sin sentido, y eso es generalmente uso
de su libertad y objeto de respeto. Pero la idea
en sí, la creencia, no lo es, porque
el mismo derecho tenemos el resto de considerar que las mismas son infundadas o
simplemente ridículas, decirlo, y reírnos, y eso no hurta un ápice de la
libertad del otro a tenerlas, ni de reírse a su vez de las nuestras y, en el
caso de los creyentes, a estar convencidos de que nuestra impiedad nos
conducirá irremediablemente a la condenación eterna. Pero es que además la
historia de las ideas políticas nos demuestra que existen doctrinas perniciosas
en sí mismas. ¿Hay que respetar, en el estricto universo de las ideas, el
nacional-socialismo o el racismo, por ejemplo? La respuesta es obvia, pero
incluso así no es la teoría perseguible en defensa de la colectividad, sino las
consecuencias de su práctica. Los creyentes, sin embargo, intentan por todos
los medios blindar sus mitologías ante los embates de la Razón, mientras aplican su doble vara de medir en función del
tiempo y lugar en el que se hallen: los católicos romanos que en España
parasitan el erario público sin pudor alguno, claman contra las ayudas públicas
a la Iglesia Anglicana en el Reino Unido; los musulmanes que en España
reclaman igualdad de trato con la superchería católica prohíben o dificultan
este culto en los países en los que su corpus dogmático se confunde con la ley.
Todos en cambio coinciden en reclamar el peso de la ley –antes llamado brazo
secular- contra los que cuestionen sus mitos desde el entendimiento, en Irán en
todos los ámbitos y en España a través del Código Penal, cuyo artículo 525 es
una vergüenza democrática y un insulto a la inteligencia, por cuanto el
creyente se sentirá ofendido por así decirlo de oficio, amparado por el apartado primero, mientras que el
apartado segundo, que supuestamente protege a los ateos de la chanza, no es
sino una mera figura retórica en un país en el que a los no creyentes no se les
ocurre denunciar al prójimo por semejantes chorradas y donde la mayoría de los
jueces son, con casi total seguridad, miembros de la secta religiosa más
prevalente. En la práctica, la aplicación estricta de este artículo no sería
sino una vulneración del espíritu del artículo 19 de la Declaración Universal
de los Derechos Humanos (que sólo condena la incitación al odio por motivos
religiosos, lo que suele ser privativo de los creyentes, y si no, a los
libros de historia me remito) o del artículo 20 de la Constitución Española de 1978, aunque en eso intuyo que esos mismos
jueces ya encontrarían algún pintoresco sofisma para argumentar lo contrario.
Esta es pues la trampa del respeto, la trampa en la que
no debemos caer so pena de contribuir a nuestra propia castración mental y a
la de las generaciones venideras, adoctrinadas desde su infancia por las hordas
de la fe, sabedoras de que su propia supervivencia como grupo depende de un
control que no puede tener éxito cuando el adoctrinamiento se inicia a una edad en la que el sujeto ya alcanza el umbral
del razonamiento lógico.

